Sections


 
Categoria : Ninguna
Ańadido en : 14/11/07 10:51
Autor : pepegelo
lecturas : 806
Comentarios : 0 [ Enviar un comentario ]
Nota : Sin evaluar [ Rate ]

-Alberto, en la paz y el sosiego que nos produce el haber compartido una vida tan larga y llena de satisfacciones, donde dentro de nuestras posibilidades, hemos vivido decentemente, hemos educado a nuestros hijos como mejor hemos podido y sabido, hemos cumplido con nuestro deber de esposos, padres y vecinos y, por supuesto, por encima de todo, hemos procurado y conseguido ser felices, es en este momento, donde ya la edad que tenemos es suficiente para recibir con más calma cualquier tipo de noticias, cuando te pido todo el tiempo y dedicación que puedas, como así lo has hecho siempre, para contarte mi secreto, mi único secreto, un secreto que aún en estos instantes, no estoy convencida si hago bien en desvelártelo.

Alberto se caracterizaba por su serenidad y aplomo a la hora de enfrentarse con la realidad. Hombre activo y extrovertido se había ganado una muy buena reputación entre aquellas personas que lo conocían. Buen padre y marido, disfrutaba a sus 78 años de la tercera etapa de su vida, la última, como así bien se decía, pero la más placentera, en la cual, desde la atalaya de su edad y madurez, veía como crecían los nietos a su alrededor, añorando una etapa de entusiasmos, secretos, sueños…

Por muy elocuente y complicado que fuese el asunto a tratar, su equilibrio mental no dejaba que le perturbase fácilmente. Sin embargo, aquellas palabras de su esposa, le produjeron una extraña sensación, una sensación que cada vez que la había tenido, no indicaba precisamente nada bueno. Aún así, y haciendo una vez más honor a su aplomo y equilibrio, decidió concederle a Susana todo el tiempo que ella necesitase.
-Mi querida esposa, mi querida Susana, habla sin miedo y sin reloj. Al fin y al cabo, tiempo es lo que ahora nos sobra –Alberto se acercó a ella y la besó cariñosamente en la mejilla.

Tras una breve pausa, en la que Susana inspiró y expiró varias veces, le miró fijamente a los ojos y comenzó su elocución.
-¿Recuerdas el día que nos conocimos en aquel intercambio que organizaron nuestras universidades? –le dijo con rostro sereno y sonriente-, pues bien, sin lugar a dudas, ahora puedo certificar que ese fue el mejor día de mi vida. Después de aquello, me he sentido la mujer más dichosa de la Tierra, pero como todo tiene un comienzo, si no nos hubiésemos conocido, nada de lo que vino después habría sucedido de la manera que sucedió, por eso digo que el mejor día de mi vida fue cuando nos conocimos. Si volviese atrás, no cambiaría ni uno solo de los segundos que he vivido a tu lado. Hemos pasado por momentos muy buenos y por otros no tan dichosos, pero siempre nos hemos tenido el uno al otro y creo que ha sido eso lo que nos ha dado más fuerza para salir de ellos.

Nuestros 2 hijos y nuestra hija se han criado con todo lo que nuestras posibilidades nos han permitido y los hemos educado como mejor hemos sabido hacerlo, buscando siempre que fuesen muy felices, lo que creo hemos conseguido. Tenemos 8 nietos maravillosos, que han llenado nuestro hogar de alegría, risas, juegos, devolviéndonos las ganas de vivir para estar con ellos, para verlos crecer como vimos a nuestros hijos, rejuveneciéndonos. Compramos la casita que queríamos en aquellos momentos, no sin pocos esfuerzos, por supuesto, pero sabíamos que era la que queríamos y la tuvimos. Ahorramos lo suficiente para ofrecer estudios a nuestros hijos, para ayudarles en la compra de sus casas y para disfrutar de nuestra vejez. En definitiva, podemos estar satisfechos por el deber cumplido y por haber disfrutado de esta vida tan maravillosa que Dios nos ha ofrecido juntos.

Después de este epílogo sobre el tema central, Susana tomó un poco de agua de un vaso que había puesto sobre la mesita de madera color nogal, a sabiendas que la charla sería larga y que la boca se le secaba con facilidad.
-Creo recordar que fue en el verano del 47, en nuestro tercer año de relación, cuando me contaste que tus padres biológicos no eran los que te habían criado, puesto que ellos murieron en un accidente de coche cuando apenas tenías cuatro meses y que te dieron en adopción ya que tus abuelos no pudieron hacerse cargo de ti, debido a que su nivel socioeconómico no se lo permitía. Aquella circunstancia no hizo más que agrandar mi amor hacia ti, tal vez porque teníamos un pasado en común, donde ninguno de los dos conoció más familia que las que nos adoptó. De todas maneras y aunque nos hubiese encantado haber conocido a nuestros verdaderos padres, no podemos quejarnos de la vida que nos han dado, en la cual no nos ha faltado de nada y donde nos han querido como si hubiésemos sido sus auténticos hijos, sus hijos de sangre. No le di mayor importancia al hecho de ser hijos adoptivos ya que ni éramos los primeros ni seríamos los últimos, simplemente lo acepté, hasta finales del septiembre de 1949, a pocos días de nuestra boda. Por aquel entonces recibí una carta anónima en la que me decían que mis padres no solo me tuvieron a mí, sino que tenía un hermano gemelo. Me decía que estaba vivo y que para llegar a él tenía que seguir una serie de pasos, en primer lugar, buscar a una mujer, cuyo nombre estaba escrito con letras mayúsculas y a su lado citaba una dirección, lugar donde, teóricamente, viviría la tal señora esta. Asimismo, la carta indicaba que esta pista me llevaría a otra y así sucesivamente, hasta encontrar a mi hermano, o posible hermano, ya que a pesar de todo, yo no las tenía todas conmigo. Por último, en el interior del sobre, junto a la carta, destacaba una fotografía cortada por la mitad, de un bebé, que en teoría sería yo. Ah, una cosa, el matasellos de la carta indicaba que esta había sido enviada el 2 de agosto.

Susana descansó un momento y tomó de nuevo otro sorbo de agua. Mientras lo hacía, no atendió a la expresión que dibujó el rostro de Alberto, al que todo aquello le empezaba a resultar extrañamente familiar, sin saber los motivos ciertos, debido a que desde un tiempo atrás, la memoria no le respondía como antaño. Refrescada la garganta y después de respirar con fuerza, vislumbrando cierto cansancio, Susana retomó el hilo de la historia.
-El corazón me palpitaba más y más cuanto más cerca estaba del lugar que marcaba la dirección. Recuerdo que el tiempo empezaba a refrescar y que las primeras hojas de los enormes árboles que decoraban el parque caían a mi alrededor. Trataba de fijarme en ellas, en su anaranjado y ocre colorido, para provocar que bajase mi ansiedad, pero apenas les prestaba unos segundos de atención. Al final del parque, ese parque donde están escritos tantos y tantos recuerdos de maravillosos momentos que pasamos en el, se encontraba un hospital de las Hermanas de la Caridad, y es allí, ante mi asombro, donde me llevó la dirección que tenía en mis manos. Recuerdo que estuve unos minutos delante de la puerta del mismo, quieta, de pie, buscando una seguridad plena para entrar, a sabiendas que mi historia se podría escribir con un antes y un después de cruzar aquella enorme puerta de madera, donde el paso del tiempo también había dejado su huella. Cada vez que recuerdo aquel momento, se me hace eludible el sonido que emitía la brisa mientras transportaba las hojas caducas de los árboles del parque. Finalmente decidí entrar.

Sabía que si no lo hacía, no pasaría un solo día de mi vida en el cual no me preguntase porque no entré en aquel hospital. Dentro me atendió, de manera muy amable y cordial, una de las Hermanas que ejercían como enfermeras. Me estuvo explicando que aquel hospital fue en sus inicios una afamada universidad, pero que por motivos bélicos, concretamente la Guerra Civil, se tuvo que adaptar para atender a los heridos de la dichosa guerra, y que en la actualidad, era el Hospital de la Caridad de las Hermanitas de la Cruz, donde daban de comer a vagabundos, indigentes, transeúntes, personas maltratadas y a todo aquel que no tenía ni siquiera un trozo de pan que llevarse a la boca. Además de varios enormes comedores, la parte superior la habían destinado a colocar camas donde acogían a personas enfermas que no tenían ni familia ni hogar, muchas de las cuales expiraban allí por última vez en la mayor de las soledades, acompañadas solamente por la misericordia de aquellas venerables Hermanitas. Tan amable y bondadosa me resultó la señora que me atendió, que después de aquel día, en numerosas ocasiones me acercaba al hospital para prestar mi desinteresada ayuda en todo lo que me necesitasen. Pues bien, después de tan agradable charla, le pregunté por el nombre de mujer que llevaba escrito en la carta. La recordó de inmediato y me llevó hasta ella. Me advirtió que estaba en estado terminal y que apenas veía, escuchaba y hablaba. Me contó mientras recorríamos los largos pasillos que durante toda su vida, la señora a la que nos dirigíamos, se había dedicado a traer bebes al mundo, ejerciendo de comadrona desde los veinte y pocos años. Toda su vida había transcurrido en la ciudad y su contorno, donde era muy conocida y popular por su talante extrovertido y su estricta profesionalidad a la hora de realizar su trabajo. Por lo visto era dicharachera y le gustaba mucho divertirse. A pesar de tener pretendientes de boda, nunca se decidió a dar el paso del matrimonio porque decía que Dios le había mandado al mundo para estar al servicio de todas las personas que la requerían y no de una sola. Finalmente, cuando sus fuerzas comenzaron a abandonarla, se fue encontrando cada vez más sola, acompañada solo y exclusivamente por una joven mujer a la que había ayudado a traer gemelos en la más absoluta soledad y en el más absoluto de los secretos. Ella misma, “Frasquita”, como así conocían a la comadrona, se había encargado de buscar sendas familias de muy buen porte y muy buena colocación económica y social pero que no podían tener hijos, para que se hiciesen cargo de los niños, cerciorándose de que les ponían distintas fechas de nacimiento, para así omitir el hecho de que se trataban de gemelos. La mujer joven, de la cual nunca le dijo el nombre, haciendo honor a su fama de gran guardadora de secretos, fue allí con ella a finales de Julio, aludiendo que ya no podía atenderla por su familia y por el avanzado estado de la enfermedad que Frasquita padecía.

Según pudo saber posteriormente Sor Manuela, que así se llamaba la encantadora Hermanita que me atendió, la joven mujer trajo al mundo sus gemelos cuando apenas contaba 15 años, que se fue de su casa con tres meses de embarazo, para que su madre no tuviese que cargar con aquel disgusto, ya que los tiempos eran muy duros y difíciles y que, además, el hombre que la embarazó estaba casado y no iba a reconocerlos cuando naciese. Poniendo direcciones falsas, escribió varias cartas a sus padres diciéndoles que estaba bien y que no se preocupasen por ella. Después de tener a los niños y asegurarse que estaban con buenas familias, volvió a su casa con sus padres explicando que se había marchado por amor pero que las cosas no le marcharon bien. La única vez que Sor Manuela habló con la joven mujer fue cuando llevó a Frasquita al hospital, explicándole que vivía con su marido y dos niños y que por razones obvias, no tenía más remedio que hacer lo que hizo, por mucho que le pesase. Al parecer, la joven mujer siempre estuvo al corriente de los gemelos por Frasquita, pero nunca intentó recuperarlos porque le resultaba injusto luchar por la custodia de unos niños que vivían rodeados de todo lo que necesitaban y que, aunque se hiciese análisis de sangre, lo tendría muy difícil para que volviesen con ella, porque en su momento no se firmó ningún tipo de documento. Una vez frente a Frasquita, me sobrecogí al pensar que aquella mujer que estaba dejando los últimos días de su vida en la más absoluta soledad y tristeza, después de haber llenado de alegrías tantos hogares, aquella mujer obesa y maltratada por el tiempo, podría ser la primera persona que me vio nacer, la mujer que ayudó a mi madre a ofrecerme el misterio de la vida. Cuando le expliqué pacientemente el motivo de mi visita, con mucho esfuerzo hizo que Sor Manuela cogiese del cajón de su mesita una foto de una chica de apenas 15 años. Por sus gestos comprendí que era mi madre. Me marche de allí muy emocionada y durante muchos años traté de encontrarla, pero nadie supo ofrecerme una luz para encontrarla. Cuando regresamos del viaje de novios, Sor Manuela me llamó para decirme que Frasquita había muerto y que al entierro solo asistió la mujer que la llevó al hospital, vestida de negro y con un velo que le cubría el rostro. Como estaba al tanto de mi historia, trató de hablar con ella, pero no lo pudo hacer, alegando ésta que tenía prisa.

Susana tomó otro sorbo de agua del vaso que allí tenía par tal efecto. Sonrió a su marido y le dijo que fuese un poco más paciente, puesto que ya no quedaba mucho de la historia y que trataría de resumirla.
-Decidí concluir mi búsqueda al no tener resultados satisfactorios –Susana continuó con aplomo su relato-. Estaba tan cerca de mi madre que no aceptaba el hecho de morir sin conocerla, pero llegó un momento en que ya no podía más, ya que le estaba quitando tiempo a mi familia y eso no era lo correcto. Los dimes y diretes del destino son tan caprichosos y misteriosos que no pasó ni un año desde que abandoné mi búsqueda cuando una mujer vestida de negro llamó a mi puerta y después de llamarme por mi nombre, me citó a una hora y en un determinado lugar del parque para hablar conmigo. Me estremecí y no pude articular palabra. Cerré la puerta, me senté en el sofá y allí estuve al menos dos horas. Presentía que aquella misteriosa mujer de rostro hermoso pero triste era mi madre. Acudí a la cita donde estuvimos hablando a lo largo de casi cuatro horas. Mi presentimiento se había confirmado y después de 15 años, por fin conocía a mi verdadera madre, a la cual tuviste ocasión de conocer así como a sus 2 hijos, mis hermanastros, puesto que fueron innumerables las veces que nos visitó y la visitamos hasta el día que nos abandonó para siempre. Al preguntarle por mi padre, me dijo que tenía 42 años cuando se acostaron y que de su matrimonio habían nacido 3 hijos, los tres mayores que ella en el momento que quedó embarazada. Tenía problemas con la bebida y murió de cirrosis hepática a los 67 años. Mi madre me contó que era la menor de ocho hermanos, que sus padres, mis abuelos, ya no vivían y que nunca supieron de sus nietos. Efectivamente, me aseguró que tenía un hermano gemelo, que todo lo que me había dicho Sor Manuela era verdad, pero que no podía decirme quien era mi hermano porque le había perdido la pista hacía varios años.
-Querida –Alberto la interrumpió cortésmente-, ¿te apetece que prepare un poco de café?. Debes estar agotada con este largo relato. Nos sentará muy bien y luego podrás continuar con tu relato, que espero esté llegando al final, ya que si no vamos a ver amanecer –mientras decía esto último, a Alberto se le dibujó en su rostro una sonrisa, al igual que a su mujer.
Durante unos agradables instantes, disfrutaron del café y las pastas que Alberto llevó a la mesita de madera color nogal.
-Sigamos –tras decir esto, Susana respiró hondo antes del desenlace final de la historia, donde quedaba por contar lo más importante-. Mi madre solía venir todas las mañanas a la casa, ayudándome en todo lo que le pedía, incluso en alguna que otra ocasión me acompañó al hospital, donde realizaba la misión que Sor Manuela le indicaba, con la cual llegar a crear un fuerte vínculo de amistad, ya que ésta conocía la historia de mi madre por Frasquita, que en paz descanse. Una mañana como tantas otras, en el verano del 73, mientras tu jugabas con nuestros nietos en el parque, mi madre, nuestra hija Laura y yo limpiábamos con detalle la casa. En un momento dado, mi madre y yo nos encontrábamos en el comedor limpiando el reverso de los cuadros, cuando de uno de ellos cayó una foto cortada por la mitad al suelo –el rostro de Alberto cambió, encontrándose intranquilo-. Mi madre la cogió, se la metió en el bolsillo y con gestos me indicó que luego la veríamos, cuando Laura se hubiese ido. Una vez a solas, mi madre identificó la foto y, con una fría y extraña expresión me dijo que trajese la que yo tenía. Las juntamos y vimos que coincidían perfectamente. No supe lo que decir. Me senté en la cama y después de unos minutos, rompí a llorar. Algo más tranquila, alcé la cabeza y miré fijamente a mi madre, demandando una explicación. Me dijo que la foto se realizó poco antes de ser separados y que de ella solo tenía conciencia Frasquita y ella. En todo momento supo de sus hijos, incluso cuando uno de ellos pasó algunos años en el extranjero, por causas de estudios.

Cuando se enteró que había conocido a un chico y supo quien era, trató de que aquello no siguiese adelante, por lo cual mandó dos cartas. Yo solo era consciente de una de ellas, de la otra lo fui en aquel día del caluroso verano de 1973. Mi madre, nuestra madre, lo había dispuesto todo para que lo nuestro acabase, pero un fallo en el departamento de Correos provocó que las cartas no llegasen a nuestros destinos en el plazo que ella lo tenía establecido. Sabía que tu eras su hijo, pero ya era tarde para romper todo lo que habíamos creado. Por esa razón me dijo que te había perdido el rastro. Lo asumí como mejor pude y a base de pedirle a Dios toda la fuerza y el perdón del mundo, decidí no cambiar nada de lo que nuestro amor había producido. En poco tiempo se había restablecido la familia que tanto había buscado, aunque no como lo hubiese deseado. Había encontrado a mi madre y a mi hermano gemelo, pero éste era el maravilloso marido que el destino me deparó –unas lágrimas cayeron por la mejilla de Susana cuando terminó de contar la historia.
Un nudo en la garganta pareció apretarle tanto a Alberto que incluso le costó trabajo respirar. No quería que su mujer, su hermana gemela lo viese llorar. Casi al final de su vida, su aplomo y equilibrio mental se habían desmoronado. Se quedó en silencio unos largos y agónicos minutos, tras los cuales miró a su mujer con ojos brillantes y rompió el hielo.
-Cuando llegamos del viaje de novios, vi un sobre debajo de la puerta dirigido a mi persona. En su interior, una carta y una foto cortada por la mitad en la que se veía un recién nacido, probablemente yo, dejando entrever que lo que faltaba lo encontraría siguiendo una serie de pasos. En ella, al igual que en la tuya, me comunicaban que mis padres verdaderos no eran los que me habían criado y que, además, tenía una hermana gemela. Para encontrarla tenía que ir a una dirección y preguntar por una mujer cuyo nombre venía en mayúsculas. Cuando me personé en dicha dirección, me atendió Sor Manuela, la misma señora que has nombrado antes. Al preguntar por esta señora, me dijo que había fallecido unos días atrás. Me relató gran parte de lo que tu me has contado. No tuve la oportunidad de conocer por su boca todo el relato ya que tenía prisa, por lo que le pedí que me indicase donde estaba enterrada. Antes de irme me dijo que era la segunda persona que preguntaba por ella, ya que anteriormente lo había hecho una mujer. En el cementerio, cuando estaba a unos 30 metros de su tumba, vi como una mujer vestida de negro me miró de reojo, tocó su lápida y se marchó. No le he dado importancia a ese hecho hasta hoy. Cuando llegué a la tumba de Frasquita, comprobé que en el mismo lugar donde la mujer vestida de negro puso su mano había un papel bajo una pequeña piedra.

Sorprendido, miré por donde se marchó, pero ya no la vi. Dudé si coger o no aquel papel, pero la curiosidad me pudo más. En el se leía: tu mujer es tu hermana gemela. Corrí para alcanzar a la mujer vestida de negro, pero no la volví a ver más y no la hubiese relacionado nunca con tu madre, o con nuestra madre, de no ser por este relato. Después de aquello, estuve un tiempo tratando de hallar en ti un indicio que certificase el escrito, pero nunca lo encontré, tal vez porque en aquel entonces, tu aún no lo sabías. Guardé la foto en el reverso del cuadro que compramos en nuestro viaje de novios y que el azar ha hecho que la recordase.
Dicho esto, en silencio, Alberto se levantó, agachó la cabeza y se dirigió no al dormitorio que ambos habían compartido durante 51 años, sino al que compartían sus dos hijos cuando vivían con ellos. Se recostó en una de las camas y en silencio se puso a llorar. Había deseado tanto encontrar a sus verdaderos padres y a su hermana gemela, que a la hora de saber la verdad no podía digerirla.

Apenas ingirió alimento en dos semanas que permaneció en aquella habitación y apenas salió de ella más que para sus necesidades, ante el asombro de sus hijos que no sabían la causa, causa que nunca se las reveló su madre.
Alberto murió al final de aquellas dos semanas, sin ningún tipo de enfermedad, como así certificó el médico. Solo Susana sabe que murió de pena, que no pudo soportar el hecho de haber estado casado con su hermana gemela.
Su equilibrio mental y su aplomo para afrontar las distintas situaciones de la vida, incluso las más desfavorables, le habían abandonado en esta, en la más difícil, en la última.

Susana cayó en una enorme depresión por el impacto que le produjo la muerte de Alberto. Sus hijos y amigos pensaron que la vejez y el adiós prematuro de su marido, ya que se encontraba en un impecable estado de salud, serían las causas. Sin embargo, Susana se llevó la auténtica causa de su muerte a la tumba: haber revelado a su marido el único secreto que escondía, secreto que durante 17 años dilucidó si contárselo o no y que al manifestárselo en aquella maldita hora, le condenó al abismo de la muerte, abismo al cual ella se entregó apenas una semana después de desaparecer Alberto, tal vez en busca del perdón por el mal que le produjo su secreto, su único secreto.

  

Menu

Noticias
Su Obra
Sus Datos
Poemas y Otros
Descargas
Enlaces
Recomienda
Contacto

Su Obra


Entrar

Nick :
Password :
 Guardar
Registrarse
Perdiste tu password ?

Estadísticas

Paginas vistas desde
22/10/07 : 721838

 · Miembros : 25800
 · Noticias : 0
 · Descargas : 0
 · Links : 0


Buscar

Busqueda avanzada